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Sobre mí: Luis Enrique Osuna Sánchez

Quise estudiar Derecho porque quería cambiar el mundo

Probablemente tenía 16 o 17 años cuando decidí estudiar Derecho con una pretensión enorme, bastante ingenua, pero, revisitándola hoy, entrañable: quería cambiar el mundo.

Estudié Derecho en la Universidad de Sonora. Y desde mis primeros años me interesó algo más que aprender leyes y jurisprudencia. Quería entender qué podía hacerse con ellas.

Hacia 1997, todavía durante mi formación universitaria y después de experiencias traumáticas con la insensibilidad del derecho, en ese escenario de frustración y ante la decisión de abandonar la carrera, comenzaron mis primeros acercamientos a la Justicia Terapéutica y a los trabajos de David B. Wexler. También aparecieron los mecanismos alternativos de solución de controversias escuchados directamente del Dr. Jorge Pesqueira Leal y otras maneras de comprender el conflicto. Con el tiempo encontraría en esos territorios conceptos más precisos para una inquietud consistente: el Derecho no solamente resuelve, ordena o sanciona. También produce efectos en las personas.

Eran temas poco habituales en las conversaciones jurídicas de entonces. Mis compañeros de universidad me veían con cierta extrañeza, pues mis intenciones se alejaban del camino más convencional de buscar una plaza en el Poder Judicial Federal. Yo quería irme a Oñati, en el País Vasco, a estudiar Sociología del Derecho. Allí funcionaba ya el Instituto Internacional de Sociología Jurídica, creado a finales de los años ochenta y convertido en un point de encuentro internacional para quienes estudiaban el Derecho no sólo desde las normas, sino también desde la sociología, la antropología, la ciencia política, la economía y la psicología. Su programa estaba orientado precisamente a los estudios sociojurídicos, la investigación y el análisis comparado de los problemas jurídicos. No tuve medios para lograrlo.

Mirado a la distancia, aquella intención decía mucho de lo que ya buscaba entonces. No quería dejar de estudiar Derecho; quería entender todo aquello que ocurría alrededor del Derecho y que los códigos no siempre alcanzaban a explicar. Me atraía la posibilidad de estudiar por qué las instituciones funcionan como funcionan, cómo se comportan quienes participan en ellas, qué efectos producen las normas y de qué manera la sociedad transforma al Derecho tanto como el Derecho intenta transformar a la sociedad. Oñati representaba, para aquel estudiante que comenzaba a sentirse incómodo dentro de una formación exclusivamente normativa, la posibilidad de descubrir que había otras maneras de ser jurista.

Quizá precisamente por eso me interesaban.

Mi carrera profesional tomó, sin embargo, una ruta intensamente técnica.

Comencé en la administración tributaria. Fui abogado, jefe de departamento y subadministrador jurídico en el SAT. En 2003 ingresé al entonces Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa. Fui secretario de acuerdos, proyectista y ocupé distintas responsabilidades jurisdiccionales hasta llegar, años después, a ser Magistrado de Sala Regional del Tribunal Federal de Justicia Administrativa.

Aprendí el Derecho desde dentro.

Expedientes. Competencia. Procedencia. Pruebas. Constitucionalidad. Legalidad. Fundamentación y motivación. Jurisprudencia. Construcción de sentencias.

Muchas horas de estudio, desvelos y también muchas noches en las que una palabra, una interpretación o una conclusión seguían dando vueltas en la cabeza cuando el expediente ya se había concluido por una sentencia legal pero incompleta.

Mi formación académica siguió una ruta semejante, aunque las preguntas comenzaron a revelar hacia dónde miraba.

En la maestría en Derecho Fiscal y Financiero investigué la instauración de un procedimiento abreviado en el juicio contencioso administrativo federal. Me interesaba ya una pregunta que continúa acompañándome: ¿Realmente todos los conflictos necesitan de una respuesta procesal y si hacer justicia exige necesariamente recorrer siempre el camino más largo?

Llegó entonces, Australia. 2007

La Trobe University y Deakin University me permitieron entrar en territorios que pocas veces encontraba reunidos en la educación jurídica tradicional. Estudié mediación, negociación, resolución de conflictos, mediación transformativa, justicia no adversarial, comportamiento, investigación cualitativa y Justicia Terapéutica.

Mi investigación doctoral llevó deliberadamente esas preguntas a un lugar poco común: la fiscalización tributaria. Estudié la Justicia Terapéutica aplicada al cumplimiento y enforcement fiscal y sus posibles efectos sobre el bienestar de los contribuyentes.

Me fascinaba precisamente la aparente contradicción.

¿Qué tenían que hacer las emociones, el comportamiento, la percepción de justicia o el bienestar dentro del derecho tributario?

Mucho más de lo que inicialmente parecía.

Los dos mundos

A veces pienso que mi propia trayectoria puede haber provocado percepciones incompletas.

Quien me conoce en el ámbito del derecho fiscal, del litigio administrativo, en la elaboración de proyectos o en la función jurisdiccional de magistrado puede pensar que ése es todo mi mundo. Que detrás de mi testarudez por respetar y dominar el derecho técnico, hablar de competencia, de procedencia, de constitucionalidad y convencionalidad, o de la correcta motivación de una resolución quedaba poco espacio para hablar de emociones, confianza, escucha o comportamiento humano.

Pero quien me conoce ahora por los MASC, la Justicia Terapéutica, la negociación, el derecho colaborativo o mi insistencia en mirar a las personas detrás de los expedientes quizá pueda imaginar exactamente lo contrario. Que acercarse a esos territorios supone saber menos Derecho, flexibilizar sus límites o haber abandonado el rigor técnico y constitucional.

Nunca he sentido que tuviera que escoger. No lo haré.

He dedicado una parte enorme de mi vida a tratar de comprender el Derecho en su estructura más exigente. He defendido actos administrativos, construido proyectos de sentencia, estudiado expedientes y ejercido jurisdicción. Sé el valor que tienen una garantía, una competencia correctamente delimitada o una motivación rigurosa.

Pero también he dedicado muchos años a intentar comprender aquello que la técnica, por sí sola, no siempre puede explicar.

El conflicto. La confianza. El comportamiento. La escucha. Las emociones. La percepción de justicia. Lo que una decisión del Estado puede dejar en la vida de una persona mucho después de que alguien haya escrito “archívese como asunto concluido”.

No afirmo dominar esos dos mundos. Cuanto más he estudiado ambos, más consciente soy de todo lo que todavía ignoro.

Puedo decir algo más sencillo.

He entregado una parte importante de mi vida a intentar que conversen.

No creo en un Derecho técnicamente impecable pero humanamente indiferente. Tampoco creo en un Derecho lleno de buenas intenciones que prescinda de la Constitución, la técnica o los límites que nos protegen frente a la arbitrariedad.

Me interesa precisamente el lugar donde ambos dejan de competir.

También he visto lo que un abogado no debería llegar a ser

Los años dentro del Derecho también permiten conocer su reverso.

He encontrado personas extraordinarias. Maestros generosos, juzgadores cuya integridad se advierte antes que su investidura, servidores públicos que entienden el poder como responsabilidad y abogados que siguen emocionándose cuando encuentran una solución justa.

Pero también he visto otros rostros de nuestra profesión.

He conocido esa simulación jurídica que evoca la crítica de Ignacio Burgoa al falso jurista. Profesionales capaces de reproducir el lenguaje del Derecho sin haber asumido nunca su responsabilidad.

He visto mercaderes del conflicto. Abogados que parecen necesitar que el problema nunca termine. Litigantes que confunden agresividad con talento. Operadores que sustituyeron la curiosidad por la soberbia. Funcionarios que aprendieron a utilizar la técnica para justificar decisiones que ya habían tomado. Personas juzgadoras frustradas, cansadas o tristes que terminaron trasladando su desencanto a quienes comparecían ante ellas.

También he conocido el extremo que ninguna toga ni nombramiento puede dignificar: corrupción revestida de formalidad jurídica.

Y he visto algo quizá menos escandaloso, pero profundamente triste: abogados infelices de ser abogados.

Personas que alguna vez debieron sentir curiosidad por el Derecho y terminaron contando los años para dejar de ejercerlo.

Todo ello me ha hecho pensar mucho en aquello que no quiero llegar a ser.

No escribo esto desde una superioridad que no tengo. Sería absurdo. Quienes pasamos muchos años dentro de instituciones también podemos endurecernos, acomodarnos, enamorarnos de nuestras propias certezas o comenzar a confundir experiencia con infalibilidad.

Todos corremos el riesgo de convertirnos, poco a poco, en aquello que alguna vez criticamos.

Por eso intento conservar algo del estudiante que quería cambiar el mundo.

Afortunadamente, no todo en mi vida cabe en un expediente.

Me gusta la música. Me gustan las conversaciones largas, viajar, descubrir otros lugares y sentarme alrededor de una mesa donde se pueda hablar de Derecho durante un rato y después olvidarse completamente de él. Me gusta el ciclismo y esa peculiar sensación de avanzar durante kilómetros mientras la cabeza, paradójicamente, se queda en silencio.

He aprendido mucho en bibliotecas y tribunales.

Pero algunas cosas importantes las he entendido lejos de ellos.

Hay canciones capaces de llevarnos en segundos a una época de nuestra vida. Hay ciudades que modifican nuestra manera de mirar. Hay conversaciones que enseñan más que una conferencia. Hay libros que llegan en el momento preciso. Hay derrotas que terminan siendo maestras y éxitos que, si uno no tiene cuidado, enseñan bastante menos.

También están la familia, los amigos, los afectos y esas pequeñas cosas que nos recuerdan que antes que operadores jurídicos somos personas intentando entender un poco mejor la vida que nos tocó vivir.

Quizá por eso nunca he podido separar completamente mi manera de vivir de mi manera de pensar el Derecho.

Con los años tuve oportunidad de llevar estas inquietudes a distintos espacios académicos.

 

Melbourne, Berlín, España, Colombia, Portugal, Brasil, Argentina, Ecuador, Perú, México y otros lugares fueron escenarios para hablar de Justicia Terapéutica, justicia procedimental, regulación responsiva, fiscalización tributaria, derechos humanos, justicia restaurativa, MASC, función judicial y resolución de conflictos.


En Pontevedra participé en el Primer Congreso Iberoamericano de Justicia Terapéutica con una ponencia cuyo título todavía representa mucho de lo que pienso: “La Justicia Terapéutica, una oportunidad para la Ley en México”.


Después vinieron otras conferencias, publicaciones, responsabilidades académicas y asociaciones internacionales.


Los temas también fueron creciendo y cruzándose:


Justicia Terapéutica y fiscalización.
MASC y justicia administrativa.
Derecho colaborativo.
Justicia restaurativa.
Negociación.
Confianza institucional.
Lenguaje claro.
Comportamiento.
Inteligencia artificial.
Buena administración.
Experiencia ciudadana frente al Estado.


Siempre me han atraído un poco los bordes del mapa jurídico. Esos lugares donde alguien puede preguntar qué tiene que ver una disciplina con otra y precisamente por eso vale la pena investigar la respuesta.

No llegué huyendo del Derecho

En marzo de 2026 asumí la Dirección General del Centro Público de Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias en materia de Justicia Administrativa del TFJA.

Al mirar hacia atrás, encuentro algo que no habría podido planear.

El estudiante interesado en Justicia Terapéutica y MASC, el abogado tributario, el servidor público, el investigador en Australia, el académico, el proyectista y el magistrado terminaron encontrándose en un mismo lugar.

No son vidas distintas.

Son diferentes momentos de una misma búsqueda.

No llegué a los MASC ni a la Justicia Terapéutica huyendo del Derecho tradicional. Llegué desde él.

Y sigo profundamente orgulloso de esa formación.

Creo en la Constitución. Creo en la legalidad. Creo en el debido proceso. Creo en la seguridad jurídica y en el extraordinario valor civilizatorio de limitar el ejercicio del poder mediante normas.

Pero una cosa es custodiar los principios y otra muy distinta custodiar nuestras costumbres.

A veces afirmamos que algo “no puede hacerse jurídicamente” y, cuando examinamos con cuidado el problema, descubrimos que lo que realmente queríamos decir era:

Nunca lo hemos hecho así.

Ahí comienza una conversación que me interesa.

El conocimiento debe darnos estructura, no paredes

Durante muchos años pensé que crecer profesionalmente significaba saber cada vez más Derecho.
Hoy sigo queriendo saber más.


Pero ya no creo que eso sea suficiente.


El conocimiento jurídico es una extraordinaria herramienta de libertad mientras nos permita comprender mejor la realidad. Puede convertirse en una prisión cuando sólo nos permite reconocer aquello que ya conocemos.


El conocimiento debe darnos estructura, no paredes.


Innovar no consiste en despreciar lo anterior. Hay principios jurídicos que debemos proteger precisamente porque generaciones anteriores pagaron costos enormes para construirlos.


Innovar exige algo más difícil: saber qué conservar, qué reinterpretar y qué tener el valor de cuestionar.
Por eso continúo estudiando.


Y sigo escribiendo.
Sigo dando conferencias, hasta quedarme sin voz, afónico.
Sigo entrando a temas que no domino todavía con la curiosidad suficiente para aprenderlos.
Sigo escuchando.
Y, afortunadamente, sigo cambiando de opinión cuando encuentro mejores razones.

No sé si aquel estudiante que quería cambiar el mundo estaría satisfecho con el camino.


Me gusta pensar que al menos reconocería las preguntas.


Hoy ya no aspiro a cambiar el mundo entero. Me parece una ambición excesiva.


Me basta con algo simultáneamente más pequeño y más difícil: contribuir a que alguna institución funcione mejor, que algún conflicto encuentre otra salida, que alguna persona experimente de manera distinta su encuentro con el Estado, que una idea provoque otra idea o que un joven abogado descubra que amar profundamente el Derecho no significa quedar atrapado dentro de aquello que aprendimos sobre él.
Este sitio es también parte de esa búsqueda.


Aquí reúno publicaciones, investigaciones, conferencias, proyectos, ideas y algunas preguntas que me han acompañado durante años.


No tengo respuestas definitivas.


Después de todo este camino, incluso desconfío un poco de quien cree tener demasiadas.
Tengo convicciones. Tengo experiencia. Tengo cicatrices profesionales. Tengo todavía mucho que aprender.
Y conservo algo que para mí sigue siendo indispensable.


Curiosidad.


Porque si algo he aprendido desde aquel joven que decidió estudiar Derecho pensando que podía cambiar el mundo es que respetar profundamente al Derecho también significa atreverse a imaginar cómo puede ser mejor.


Y quizá, después de todo, cambiar un poco el mundo todavía consista en eso.

Publicaciones jurídicas de Luis Enrique Osuna Sánchez

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